El mirador
Mariana Becerra Alva
Es de noche, Polish está en un mirador de la ciudad,
nostálgica mira las luces de toda la ciudad. El cielo está estrellado, con luna
llena, y alumbra de una manera en la que toda la ciudad está bajo su reflector.
Polish tiene puestos unos tenis para salir, si especificamos, unos Vans negros,
un poco desgastados a decir verdad. Pantalón de mezclilla azul y una sudadera
de color negro con un estampado de color blanco.
Está sentada junto de él a la orilla del mirador. Tiene
las piernas pegadas al cuerpo, pero de una manera relajada, con una de sus
manos entrelazada a la de él, con la otra sosteniendo su cabello, un poco
nerviosa. Él, su amor secreto de nombre
desconocido, la está acompañando esta noche que se está haciendo eterna. Sus
manos entrelazadas como enredadera, no pueden separarlas por nada, no dicen
nada.
Miles de casas iluminadas, ese aquello lugar en donde
la ciudad no tiene límites. Muchos arbustos con el rocío de la lluvia, autos y
luces que están presentes de la jungla de concreto. Polish, su piel es
apiñonada, un poco requemada de la cara, tiene unas cuantas pecas, tiene el
cabello castaño, sus ojos son grandes de color miel, nariz respingada. En sus
labios solo hay rastro de un bálsamo labial. Su mirada se pierde en la de él.
Ella vuelve a sostener su cabello de forma nerviosa,
sus manos le sudan y se las limpia en su pantalón, sus ojos voltean al ver la
ciudad mientras él la contempla. Suspiran. Un poste de luz y estrellas son todo
lo que los cubre de la negra velada, huele a tierra mojada y a aire recién
fresco, y sin olvidar, ese perfume que él tiene impregnado en su ropa, ese que
tanto le gusta a Polish.
Murmullos entre él y ella sobre la vida, acompañados
de los ruidos escandalosos de los autos que se alcanzan a ver desde lo alto,
claxons, arranques de motores, gritos de gente molesta por el tráfico, todo
tipo de ruidos que pueden llegar a ensordecer a alguien, pero esta noche esos
ruidos sólo se presentan como un eco escuchado a lo lejos. Sus miradas están
haciendo más ruido que nada, de quererse decir tanto y a la vez poco.
Su mirada le transmite una paz inigualable, ese
momento es único, donde nadie existe más que él y ella acompañados de la luna.
Las palabras que se repite una y otra vez en su mente: “Este momento es
infinito”. Esas palabras logran articularse en sus labios, y las pronuncia. A
él se le llenan los ojos de lágrimas rogando por ser derramadas en sus
mejillas, sólo le puede decir en un pequeño murmullo con un nudo en la
garganta… “Quédate”.
El diálogo comienza a hacerse presente, Polish no para
de preguntarle a él por que las cosas deben de ser así, por qué no pueden estar
juntos y tener una relación (no está de más decir también que una vida normal)
en la que la felicidad sea la emoción y sentimiento que perdure la mayoría del
tiempo. Él le explica que la situación familiar de ambos es complicada, como si
pareciera que todo el mundo está en contra de que estén juntos.
Polish comienza a llorar y le suelta la mano, le
reclama el hecho de que cuando dos personas se quieren, todo, absolutamente
todo, se puede. Ella no puede explicarse por qué le ha tocado una vida llena de
sufrimiento y dolor en la que cuando por fin conoce a alguien que la ama de la
misma manera que ella a él, la abandona, la esconde. Las lágrimas de Polish sin
rogar salir del lagrimal de sus ojos, comienzan a rodar por sus pecosas
mejillas.
Él pronuncia “Me voy mañana de la ciudad…”. Polish
bastante sorprendida y molesta le suelta la mano y le da una palmada un poco
brusca en el pecho, “¿Por qué no me habías dicho?”. Él lo único que le puede explicar es que solo
quiere disfrutar de este momento que tienen, posiblemente el último, no quiere
que duela más de lo que ya lo hace. Sus corazones se están rompiendo en verdad,
hasta pareciera que realmente se escucha ese crujido.
No vuelven a
pronunciar ninguna palabra, él le agarra la mano a Polish, para no soltarla en
lo que resta de su velada, ella entiende todo en ese contacto con su mano,
ambos vuelven su cabeza a la majestuosa vista de la ciudad. Ella recarga su
cabeza en su hombro, pasan las horas, los minutos, cierran ésta que es su
última noche con un cálido, hermoso y corto beso en que dicen más de lo que
pueden con palabras. Comienza a verse el sol rojizo, ambos se levantan, siguen
su camino.
Becerra,
M. (2018). El mirador. Puebla: UPAEP
En este texto logré sentirme identificada, realmente logró destacar de alguna manera mi actitud y mis sentimintos. Es un poco diferente la manera en la que me describió físicamente, no es como yo soy o por lo menos como yo me identifico.
ResponderEliminarMe agrado la manera en la que formo una historia, sobre todo porque es romántica y tiene muchos sentimientos encontrados con el personaje principal y el personaje secundario.
Ana Paola Rosas Rodríguez